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    Narra la relación entre Terri, un adolescente inadaptado con sobrepeso, y el director de su colegio, un tipo locuaz y altruista que se interesa por él. Terror - Annabelle 2: Miniserie - El lobista. El mejor en su rubro. Su trabajo consiste en interceder, influir y presionar a sus numerosos contactos en el poder con el fin de concretar negocios altamente rentables y lucrativos para sus clientes. Su desempeño es garantía de éxito, y de impunidad.

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    Una ilógica necesidad de volver a verlas me hizo decir a Jiménez: Usted sabe, en mis tiempos yo frecuentaba la casa Las torres de la capilla evangélica en Lomas de Zamora fueron para mí otro motivo de legítima satisfacción: Procuré convencerme de que el encuentro con Eloísa podía ser un poco terrible, al cabo de quince años, pero era imaginario ese temor y realmente primaban en mí la esperanza y la ansiedad.

    Tenía que revisar los papeles del portafolio; después de un par de cañas, decidí que convenía echar un vistazo al lugar donde levantaríamos el chalet. Era un terreno que brindaba muchas posibilidades, con martillo a favor, pero ya eran las 17 pasadas en el reloj pulsera extrachato y la indumentaria de gabardina italiana no se prestaba para andar verificando medidas. Ante la puerta de la casa de Eloísa, volví a ser el muchacho de hace quince años.

    Mi mano halló la altura exacta del timbre sin que yo necesitara mirar. Quien me abrió la puerta fue don Antonio. Para ocultar mi decepción, lo saludé con exagerado entusiasmo.

    Don Antonio había iniciado una conversación ostentosa y vaga. Sacó una caja de cigarros, me ofreció uno que cortésmente rehusé y que él guardó, con destreza de prestidigitador, en uno de los bolsillos del saco. Eligió otro cigarro con lentitud, lo olió como pregustando el placer, cruzó la pierna, lo encendió con gravedad ritual e inmediatamente adquirió el aire de un gran señor.

    Hubo un silencio y tuve la convicción de que Eloísa no estaba. No pude contenerme y dije: Don Antonio ni siquiera me oyó. Usted se acuerda, el establecimiento de los Chiclana. Parece mentira, la benjamina es la primera que llevaré al altar. Gladys se casa con Alberto Chiclana, un muchacho muy preparado, que sólo debe unas materias para redondear su segundo año de doctor en leyes. Una noche, en el club, le ofreció una orquídea a Eloísa. Ella se la prendió sobre el corazón y repetía, yendo de grupo en grupo: Los Chiclana eran la gente antigua del partido; Los Alamos, entonces, era un establecimiento importante.

    Dije por decir algo: Echó una bocanada de humo y miró la gotera del cielo raso: Claro que nosotros ya no estamos para esos trotes El hombre estaba tan garifo, que aproveché para enfrentarlo, pero no perdí los buenos modales que exige la profesión. Hay que sacar partido del martillo que da a la avenida Espora. Don Antonio pareció caer en la trampa. En sumo grado, interesante. Poco le duró, sin embargo, esa reacción tan halagüeña.

    Empezó a achicarse como si se atornillara en el asiento y dijo con una vocecita aflautada: Un poco de alpiste para el muchacho. Sinceramente, la mención de Klaingutti me impresionó. Hay tantas cosas por delante. Mi hija mayor es muy personal en sus gustos. Don Antonio dijo algo, pero a través de las persianas de los balconcitos, oí un menudo taconeo que me inquietó.

    Oí abrirse la puerta y, un instante después, entraba Eloísa. En el primer momento no sentí nada. Su silueta contra la luz, parecía un poco indefensa. La cara estaba en sombra, pero el cabello le hacía como una aureola dorada. Me dijo, como si me hubiera visto hace poco: Era la Eloísa de siempre. Ignoro si llegué a balbucear algo, pero sentí dos cosas. Llna, que aquel encuentro tan importante para mí, no lo era para ella. Eloísa, haciendo caso omiso de mi presencia, habló con don Antonio: Ya se mandó hacer un vestido, casi igual a las del cortejo, y -ahora resulta que no quieren que vaya.

    Eso no se hace. Nos conocernos de toda la vida; ella dio por sentado que iría. Clemen, pensé, sería Clementina Traversi, una muchacha que trataba de imitar a Eloísa y que de un día para otro apareció con melena rubia. Clemen ya ha tenido tres novios. Y la gente es mala La contestación de don Antonio fue sentenciosa: Lo dijo con una voz muy rara. A mediados de la semana siguiente, tuve otra conversación con don Antonio.

    Fue copiosa, rica y estéril; soy del todo incapaz de reconstruir esa obra maestra de postergación y de vaguedad. A1 principio, yo estaba francamente encantado: Proyectamos también, para los fondos, un jardín italiano escalonado, con cabezas yacentes de emperadores. No juraría que se habló de un busto ecuestre del pagador Chiclana, desaparecido en la guerra del Paraguay, pero nada era imposible, esa tarde.

    Desgraciadamente, don Antonio se desanimaba con la misma rapidez con que se animaba: En cuanto a gastos y honorarios no tuvimos ni un sí ni un no. Don Antonio no quería o no podía comprometerse. No me retiré hasta dadas las diez, cuando el propio anfitrión me repitió que aprovechara un tren que salía a los pocos minutos. Las casuarinas hacían un ruido como de mar y pensé en Eloísa. No sé si la esperanza de verla, o el temor de hacer un triste papel delante de Jiménez, cuyas indirectas y directas, me tenían sin cuidado, o la voluntad de no perder un negocio que se pincelara tan promisorio, me hizo regresar a Burzaco, a los pocos días.

    No les anuncié la visita; el estratega que hay en mí optó por esgrimir el arma de la sorpresa, en interés profesional. Esta vez no me permití devaneos emocionales. Eloísa podía seguir tan linda como antes, pero yo concretaba la atención en un paredón con almenas que diera toda la vuelta a la propiedad y que, si mi psiquismo no me engañaba, acertaría con el gusto de don Antonio.

    Eloísa abrió la puerta, me hizo pasar a la salita y exclamando con voz atiplada me pescaste sin pintura, huyó patio adentro. La esperé de perfil, una pierna cruzada con negligencia, la mirada varonil abstraída en los faunos del grupo mitológico. Antes de que entrara percibí el extracto de cyclamen. Ponderé sus dotes de actriz; me dijo que Torre Nilson le había ofrecido un papel en una película.

    Nunca lo había sabido, pero le perfilé a grandes rasgos la odisea del joven soñador que llega desde el fondo de la provincia, sin otras armas que la ciencia y el arte, y que se afana, bucea, brega y se impone. Sonó en eso el teléfono. Durante unos segundos, la posibilidad de que la llamara el director de cine me atormentó. Y, finalmente, con una voz que temblaba un poco: Volvió a mi lado, pero la sentí lejana. Cuando quise retomar el hilo y contarle la anécdota corrosiva de lo que yo por poco le dije a la mesa examinadora, Eloísa apoyó la cabeza en mi hombro v se echó a llorar.

    Mi experiencia en el renglón mujeres me aconsejó estrecharla entre mis brazos v arrebatarla en alas de la pasión. Varias fórmulas se me venían a la mente: Eloísa yo seré el arquitecto de su destino.

    Eloísa, yo le ofrezco un hombre y un nombre, pero apenas acerté con una palmadita en las espaldas. Eloísa me miró con rabia.

    Se trataba, asombrosamente, de Irma. La que telefoneó era ella y había prohibido categóricamente que invitaran a Clemen. Entonces, Eloísa me contó todo. La historia había empezado a raíz de uno de tantos intrincados negocios de don Antonio. Este había llegado a deber una modesta suma -cien o ciento cuarenta pesos- a la firma Klaingutti.

    El día del vencímiento, logró mediante otra deuda el importe, y encargó a Eloísa que fuera personalmente a pagar. El doble efecto que produciría un pago puntual hecho por una muchacha bonita le parecía de inestimable valor para otro nebuloso negocio que versaría sobre chapas acanaladas y pointillé. Pero la avenida El Cano queda muy lejos y Eloísa la mandó a Irma.

    Era Eloísa lo recordaba muy bien un jueves de diciembre. A las siete, Irma volvió con el recibo firmado por el propio señor Klaingutti, y preparó, como era costumbre, la cena. Nada singular ocurrió hasta el jueves siguiente. Ese día, Irma tomó el tren de las quince y treinta y no regresó hasta entrada la noche. El padre, que a pesar de sus fantasías, era muy estricto con las chicas, empezó a amonestarla. Ella, sin hablar, abrió la cartera, y dejó sobre la mesa un papel de quinientos pesos.

    En la billetera había otro igual. Fue, desde entonces, Eloísa la que preparó las comidas. Así fueron pasando los años. En esa disciplina precisa no hubo otra interrupción que la motivada, en , por un disgusto. Tampoco pudo averiguar Eloísa los detalles de la reconciliación: Irma le mandó decir que se fuera; al día siguiente, el señor Klaingutti se apersonó con aspecto lastimoso y muchas reverencias. Irma lo hizo esperar una hora y se fue con él; desde entonces las cuotas semanales fueron triplicadas.

    Irma, eso sí, no se rebajó nunca a aceptar el menor obsequia, ni siquiera los días de su cumpleaños. El señor Klaingutti, una vez, le ofreció un tapado de nutria. A fines de , Gladys cayó enferma. Durante tres semanas, Irma no se movió de su cabecera y no dejó que entraran en el cuarto ni Eloísa ni el padre. Le arregló el casamiento con Chiclana y ahora, encima, le hace construir el chalet. Nada de lo que había dicho Eloísa me impresionó como estas palabras. Apenas atiné a balbucear: Irma es una roca.

    Había resentimiento en su voz. Eloísa prosiguió con malevolencia: No concluyó la frase. Un automóvil se había detenido en la puerta y segundos después, entró Irma.

    Me puse apresuradamente de pie y ensayé un saludo. Antes de contestarlo, la dama se volvió hacia Eloísa: Comprendí que la blusa de Eloísa era demasiado transparente. Había que poner un poco de orden en la filial Berazategui. Al cabo de un silencio, en el que respeté sus pensamientos, quise llevar la conversación al tema del chalet.

    Se mostró reticente; dijo que la nueva pareja viviría un tiempo en Los Alamos. Me tendió la mano. Al querer despedirme de Eloísa, noté que ya no estaba en la sala. Byron's letters to a close friend and "brother minstrel". The two men met at Cambridge - Francis Hodgson , was a fellow at King's when Byron was up at Trinity - where literary interests brought them together in Byron was impressed in particular by Hodgson's translation of Juvenal and the two men were soon fast friends.

    By the time of their earliest correspondence two of these letters date from late , their relationship was firmly established. Byron opens his first letter with the obsequies for his favourite dog " Boatswain is to be buried in a vault waiting for myself, I have also written an epitaph Three letters 16 July July in the series date from Byron's grand tour.

    He writes happily from Portugal " His pleasure and excitement at travel " This letter goes on to describe Ali Pasha, a man who was to fire Byron's imagination and "a fine portly person with two hundred women and as many boys, many of the last I saw and very pretty creatures they were". No less than ten of the letters date from a relatively short period from September to February , following Byron's return to England and the death of his mother, and preceding the publication of Childe Harold.

    By this time the conventionally pious Hodgson had determined to take Holy Orders and, concerned for his friend's soul, he began an earnest campaign to convert Byron to religious orthodoxy. This elicited detailed replies from Byron which introduced a new seriousness to his letters. When Hodgson recommended the reading of various Christian apologia, Byron countered by suggesting a perusal of Malthus. He also offered trenchant criticism of Christianity:. Byron was at Newstead Abbey in the autumn of "writing notes for my Quarto" [i.

    Childe Harold] and providing memorable praise of local pleasures:. One of these "more promising" faces was Susan Vaughan, whom Byron soon took his lover. The affair did not last long, however, and in two largely unpublished letters that reveal the callous side of his character Byron provided Hodgson with a detailed account of its conclusion — another servant revealed a letter showing Vaughan's affection for another man and she was summarily dismissed — and its aftermath " I presume she will rave herself quiet Other subjects in these letters from this period include Byron's somewhat reluctant involvement in Hodgson's love-life he was enamoured of the same woman as Robert Bland, a mutual friend and another Anglican minister , Byron's desire to leave England, Thomas Moore, literary feuds, and his speeches in the Lords.

    Byron's letters became more sporadic after he woke up famous following the publication of Childe Harold, but he provided crucial financial help to Hodgson during his last years in England and continued to write to him with literary and personal news.

    In January he refers wearily to the wrath of Lady Caroline Lamb " The final letters date from several years after Byron quit England.

    In December Byron wrote to renew their correspondence after five years. He paints a lively picture of life in Ravenna and the lives of mutual friends but, knowing the letter will be opened by the Austrian authorities, is somewhat evasive about his involvement in revolutionary politics " His final letter is somewhat more open about his political engagements, but these last letters are particularly engaged with literary affairs.

    He writes angrily about the denigration of Pope " It is my intention to take up the Cudgels in that controversy - and to do my best to keep the Swan of Thames in his true [place]. Many of Hodgson's letters from Byron were published during the nineteenth century in such works as Thomas Moore's Letters and Journals of Lord Byron and Hodgson's own posthumous Memoirs , but in expurgated form some of these letters have Hodgson's notes to Moore on passages to be omitted.

    The current collection comprises somewhat under half of the known letters by Byron to Hodgson 50 are listed in Byron's Letters and Journals. The remaining correspondence is widely dispersed, and includes items closely related to the current collection: Dickey Collection at Johns Hopkins University Library; the address leaf missing from the letter of 28 January was in the Edgcumbe collection Phillips, 10 June , lot ; and included in this lot is a transcript of a letter of 6 June with a note that the original had been given by Elizabeth Hodgson "Mr Coleridge" - it was more recently found in the Schram collection Christie's, 3 July , lot None of the cruelties exercised by wealth and power upon indigence and dependence is more mischievous in its consequences, or more frequently practised with wanton negligence, than the encouragement of expectations which are never to be gratified, and the elation and depression of the heart by needless vicissitudes of hope and disappointment.

    Every man is rich or poor, according to the proportion between his desires and enjoyments; any enlargement of wishes is therefore equally destructive to happiness with the diminution of possession; and he that teaches another to long for what he shall never obtain, is no less an enemy to his quiet, than if he had robbed him of part of his patrimony.

    En plena posesión de sus facultades, Samuel Johnson acaba de cumplir Brunel, Locke and Stephenson: Tom Shone querría ser el Perez Hilton de la era dorada de Hollywood:. El articulo, que habla de los peligros de estar sobrio, es a la vez triste y desternillante y me ha parecido entender que llama a Bukowsky el Ozzy Osbourne del mundo literario.

    I was never a joiner. Espero en callejones oscuros rezando para que me pase algo. Tienes que tener una vida realmente chunga si quieres escribir algo que merezca la pena. Un montón de hijos ilegítimos y tatuajes moteros también ayuda. El resto de la entrevista, en Latino Poetry thanks Jessa! Natasha, apresurada, con gabardina y sin sombrero, pasó de largo evitando el encuentro en un susurro de telas. Desde su altura le dio tiempo a atisbar el brillo de su peinado adolescente, partido en una raya.

    Esta semana, El Pais publica Natasha , un relato que Vladimir Nabokov escribió durante unas vacaciones de verano en Berlin, en , archivado hasta hace dos años en la Biblioteca del Congreso estadounidense, y custodiado por el heredero-dragón de la saga, el muy travieso Dimitri Nabokov.

    Lolita La decisión de Dimitri. The hills across the valley of the Ebro were long and white. On this siode there was no shade and no trees and the station was between two lines of rails in the sun.

    Close against the side of the station there was the warm shadow of the building and a curtain, made of strings of bamboo beads, hung across the open door into the bar, to keep out flies. The American and the girl with him sat at a table in the shade, outside the building. It was very hot and the express from Barcelona would come in forty minutes. It stopped at this junction for two minutes and went to Madrid. She had taken off her hat and put it on the table.

    The woman brought two glasses of beer and two felt pads. She put the felt pads and the beer glass on the table and looked at the man and the girl. The girl was looking off at the line of hills. They were white in the sun and the country was brown and dry. The girl looked at the bead curtain. Especially all the things you've waited so long for, like absinthe.

    That's all we do, isn't it - look at things and try new drinks? I just meant the colouring of their skin through the trees. They just let the air in and then it's all perfectly natural. The girl looked at the bead curtain, put her hand out and took hold of two of the strings of beads. I wouldn't have you do it if you didn't want to.

    But I know it's perfectly simple. But if I do it, then it will be nice again if I say things are like white elephants, and you'll like it? The girl stood up and walked to the end of the station. Across, on the other side, were fields of grain and trees along the banks of the Ebro. Far away, beyond the river, were mountains. The shadow of a cloud moved across the field of grain and she saw the river through the trees.

    They sat down at the table and the girl looked across at the hills on the dry side of the valley and the man looked at her and at the table. I'm perfectly willing to go through with it if it means anything to you. But I don't want anybody but you. I don't want anyone else. And I know it's perfectly simple. He did not say anything but looked at the bags against the wall of the station.

    There were labels on them from all the hotels where they had spent nights. The woman came out through the curtains with two glasses of beer and put them down on the damp felt pads. She smiled at him. He picked up the two heavy bags and carried them around the station to the other tracks. He looked up the tracks but could not see the train. Coming back, he walked through the bar-room, where people waiting for the train were drinking.

    He drank an Anis at the bar and looked at the people. They were all waiting reasonably for the train. He went out through the bead curtain. She was sitting at the table and smiled at him. Esta letra, en las noches de luna llena, me confiere poder sobre los hombres cuya marca es Ghimel, pero me subordina a los de Aleph, que en las noches sin luna deben obediencia a los Ghimel. Durante un año de la luna, he sido declarado invisible: He conocido lo que ignoran los griegos: Dos rufianes pagados por el municipio se encargaron del trabajo.

    Uno de ellos me arrojó sobre la silla, mientras el otro alzaba el hierro de marcar. Y en efecto, noté cierto frescor y eso fue todo. Pero no hubo respuesta y ambos se alejaron de mí, saliendo de la habitación sin decir una palabra. La puerta quedó abierta. Estaba libre para marcharme o para quedarme y pudrirme allí si lo deseaba. Ver al hombre invisible , Robert Silverberg. El hombre invisible , Pablo Neruda. Y un consejo personal de esta su casa: Creo que es cosa inminente.

    Como ustedes saben sin duda, el seppuku es un suicidio doloroso, sucio y propenso al desastre. Es código samurai y no basta con pincharse; hay que hacerse un siete en el vientre y quedarse a la mitad es una deshonra tan enorme que en general es mejor no intentarlo.

    Tuvo qe venir un tercero y rematar al pobre hombre que agonizaba malamente con las tripas colgando en el despacho de un comandante al que acababan de secuestrar para un golpe de estado. Muy excelente corrección de Pellicer en los comentarios: Y la ceremonia, pese a la casquería, quedó inmaculada. En todo caso, la torpeza del ayudante nunca deslucía la actuación del suicida.

    Lo que dejó bastante en entredicho la figura de Mishima como intelectual fue la completa inutilidad de su complot. La nota de despedida del teniente consistía en una sola frase: Es menester destacar que la edad del teniente era de treinta y un años; la de su esposa, veintitrés. El teniente, de pie junto a su esposa, estaba majestuoso en su uniforme militar. Su mano derecha descansaba sobre el puño de la espada y con la izquierda sostenía la gorra de oficial.

    Su expresión severa traducía claramente la integridad de su juventud. En cuanto a la belleza de la novia, envuelta en sus blancas vestiduras, sería difícil encontrar las palabras adecuadas para describirla. Había sensualidad y refinamiento en sus ojos, en las finas cejas y en los labios llenos. Una mano, tímidamente asomada a la manga del vestido, sostenía un abanico, y las puntas de los dedos, agrupados delicadamente, eran como el capullo de una flor de luna.

    Luego de consumado el suicidio, muchos tomaron la fotografía y se entregaron a tristes reflexiones acerca de las maldiciones que suelen recaer sobre las uniones sin tacha. Gracias a los buenos oficios de su mediador, el teniente general Ozeki, habían podido instalarse en su nuevo hogar de Aoba-cho, en Yotsuya. Utilizaban la habitación del piso superior, de ocho tatami, como dormitorio y habitación de huésped, pues el resto de la casa no recibía la luz del sol. El viaje de boda quedó postergado por coincidir con una época de emergencia nacional.

    El teniente y su esposa pasaron la primera noche de casados en la vieja casa. Muy tieso, sentado sobre el piso y con su espada frente a él, Shinji había hecho escuchar a su esposa un discurso de corte militar antes de llevarla al lecho nupcial.

    Una mujer que contraía matrimonio con un soldado debía saber y aceptar sin vacilaciones el hecho de que la muerte de su marido podría llegar en cualquier momento. Brillaba, serena, como la luna después de la lluvia.

    Como ambos estaban dotados de cuerpos sanos y vigorosos, su relación era apasionada y no se limitaba a las horas de la noche. Reiko le correspondía con el mismo ardor. En aproximadamente un mes, contando con la noche de bodas, Reiko conoció la absoluta felicidad, y el teniente, al comprobarlo, se sintió también muy feliz. El cuerpo de Reiko era blanco y puro, y de sus pechos turgentes emanaba un rechazo firme y casto que, cuando gozaba, se mudaba en la mas íntima y acogedora tibieza.

    Aun en los momentos de mayor intimidad se mantenían extraordinariamente serios. En el nicho, debajo de la escalera, junto a la tablilla del Gran Santuario Ise, habían colocado fotografías de sus Majestades Imperiales, y cada mañana, antes de partir hacia sus obligaciones, el teniente y su mujer se detenían frente a ese lugar santificado y juntos se inclinaban en una profunda reverencia. La ofrenda de agua se renovaba cada mañana y la rama sagrada de sakasi estaba siempre verde y fresca.

    Sus vidas se deslizaban bajo la solemne protección de los dioses y estaban colmadas de una felicidad intensa que hacía vibrar cada fibra de sus cuerpos. Aun cuando la casa de Saito, Señor del Sello Privado, se hallaba en la vecindad, nadie escuchó allí el tiroteo de la mañana del 26 de febrero. Aquel fue un ruidoso toque de atención en el amanecer nevado e interrumpió bruscamente el sueño del teniente.

    Saltó inmediatamente de la cama y, sin pronunciar palabra, vistió el uniforme, se ajustó la espada que le tendía su mujer y se precipitó hacia la calle cubierta de nieve en el oscuro amanecer. No regresó a su hogar hasta la noche del día veintiocho.

    Vivió los dos días siguientes en completa y tranquila soledad tras las puertas cerradas. Reiko había leído la presencia de la muerte en el rostro de su marido al marcharse a toda prisa bajo la nieve. Si Shinji no regresaba, su propia decisión era también muy firme. Se dedicó, entonces, a ordenar sus pertenencias personales. Eligió su mejor conjunto de kimonos como recuerdo para sus amigas de colegio y escribió un nombre y una dirección sobre el rígido papel en el que los había doblado uno por uno.

    Como su marido le recordaba constantemente que no hay que pensar en el mañana, Reiko ni siquiera había escrito un diario, y se encontraba, ahora, en la imposibilidad de releer los pasajes en los que hubiera dado testimonio de su felicidad. Sobre la radio se destacaban un perrito de porcelana, un conejo, una ardilla, un oso y un zorro. Tampoco faltaban allí un jarrón y un recipiente para el agua. Sin embargo, de nada serviría regalarlos como recuerdos. Tomó la ardilla en su mano y la observó.

    Estaba pronta y feliz de terminar sus días en compañía de aquel hombre deslumbrante, pero en ese momento de soledad se permitió refugiarse con el inocente afecto por aquellas bagatelas.

    Ya había pasado el tiempo en que realmente las había amado. La baja temperatura de febrero y el contacto con la gélida porcelana de la ardilla habían entumecido sus dedos. Mientras esperaba sola en su casa, Reiko no dudaba que la angustia y la congoja que estaría experimentando su marido en aquellos momentos la llevarían, con tanta certeza como su intensa pasión, a una muerte agradable. A través de las informaciones de la radio, escuchó los nombres de varios colegas de su marido mencionados entre los insurgentes.

    Éstas eran noticias de muerte. El movimiento, que en un principio había parecido ser un intento de restaurar el honor nacional, se había convertido gradualmente en algo llamado motín. El veintiocho, a la caída del sol, furiosos golpes estremecieron a Reiko. Bajó precipitadamente las escaleras, y mientras, con dedos inexpertos, tiraba del pasador, la silueta apenas delineada tras los vidrios cubiertos de escarcha, no emitía sonido alguno. Sin embargo, no dudó de la presencia de su marido.

    Nunca antes había tenido tanta dificultad en abrir la puerta. Cuando finalmente pudo lograrlo, se encontró frente al teniente enfundado en un capote color kaki y con las botas de campaña salpicadas de barro. Se había quitado la espada y comenzaba a desembarazarse del capote. La colgó de una percha y sosteniendo la espada y el cinturón de cuero entre sus mangas, esperó a que su marido se quitase las botas.

    Luego, lo siguió hasta el cuarto de estar: Las mejillas hundidas habían perdido su brillo y elasticidad. En circunstancias normales hubiera cambiado su ropa por otra de casa, y la hubiera urgido a servir la comida de inmediato. En cambio, aquella noche se sentó frente a la mesa vistiendo el uniforme y con la cabeza hundida sobre el pecho. No me pidieron que me uniera a ellos. Kano, Homma y, también, Yamaguchi.

    Reiko evocó los rostros de los alegres oficiales jóvenes, amigos de su marido, que habían ido a aquella casa en calidad de invitados. Estaré a cargo de la unidad con órdenes de atacarlos Sería simplemente imposible -guardó un corto silencio-.

    Me han dispensado de las guardias y estoy autorizado para volver a casa por una noche. Mañana, a primera hora, deberé unirme al ataque sin proferir una réplica. No puedo hacerlo, Reiko Comprendía muy claramente que su marido hablaba en términos de muerte.

    El teniente estaba resuelto y, aun cuando todavía planteaba el dilema, en su mente ya no cabían vacilaciones. Sin embargo, en el silencio que se estableció entre ambos, todo quedó claro con la misma transparencia de un cauce alimentado por el deshielo. Ya en su casa después de la larga prueba de dos días y contemplando el rostro de su hermosa mujer, el teniente experimentó, por primera vez, una verdadera paz interior.

    Había intuido de inmediato que su mujer conocía la resolución que ocultaban sus palabras. Pese al cansancio, su mirada era fuerte y transparente y no la apartó de su esposa-. Esta noche me abriré el estómago.

    El teniente se sintió casi hipnotizado por la mirada implorante de su esposa. Otorgó su aprobación a aquella empresa vital en una forma descuidada y negligente que parecía escapar a su entendimiento. Reiko estaba profundamente conmovida por la confianza que depositaba en ella su marido. Era vital para el teniente que no se cometieran irregularidades en su muerte. Por esta razón era necesario un testigo.

    Y el haber elegido para tal fin a su mujer, demostraba una profunda y absoluta confianza. Si el teniente hubiera abrigado la menor sospecha, cumpliendo el pacto de los suicidas, hubiera preferido matarla primero. La había educado en forma tal que, llegado el momento, respondía en los exactos términos que correspondían.

    Era éste un halago a la confianza en sí mismo que alimentaba Shinji Sus corazones estaban tan inundados de felicidad, que no podían dejar de sonreír. Reiko se sentía nuevamente en la noche de bodas. Ante sus ojos no existían ni el dolor ni la muerte. Sólo creía ver un ilimitado espacio abierto hacia vastos horizontes. Las palabras fueron pronunciadas en un tono tan tranquilo y doméstico, que, por una fracción de segundo, el teniente creyó haber sido juguete de una alucinación.

    Reiko se levantó y al tomar del ropero un vestido tanzan para después del baño, atrajo deliberadamente la atención de su marido sobre los cajones vacíos. El teniente observó el interior del mueble. Leyó las direcciones sobre los regalos recordatorios. No hubo pena en él frente a la heroica determinación de Reiko. Como un marido a quien su joven esposa enseña con orgullo sus compras pueriles, el teniente, inundado de afecto, abrazó a su mujer cariñosamente por la espalda y le besó el cuello.

    Reiko sintió la aspereza de aquel rostro sin afeitar. Cada momento parecía contener una infinita fuerza vital. Los sentidos se despertaron en todo su cuerpo. Aceptando las caricias de Shinji, Reiko se alzó sobre la punta de los pies y dejó que aquella vitalidad atravesara su cuerpo. Al escuchar el suave rugido del agua, Reiko llevó carbón hasta el cuarto de estar y empezó a calentar el sake.

    Tomó el tanzen, un fajín y su ropa interior. Se dirigió al baño para controlar el calor del agua. En medio de una nube de vapor, el teniente se afeitaba con las piernas cruzadas en el suelo. Reiko se ocupaba diligentemente de sus tareas y preparaba platos improvisados.

    De tanto en tanto sentía extrañas palpitaciones en el centro del pecho, pero eran como luces distantes. Tenían un momento de gran intensidad y luego se desvanecían sin dejar huellas. Omitiendo esto, no parecía ocurrir nada fuera de lo habitual. Mientras se afeitaba en el baño, el teniente sintió que su cuerpo tibio se libraba milagrosamente de la desesperada fatiga de aquellos días de incertidumbre y se llenaba de una agradable expectativa pese a la muerte que lo aguardaba.

    Podía oír vagamente los ruidos habituales con que su mujer cumplía sus quehaceres, y un saludable deseo físico, postergado durante dos días, se presentó nuevamente. El teniente confiaba en que no había habido impureza en el goce experimentado mientras resolvían morir.

    Ambos habían sentido en aquel momento, aun cuando no de una manera clara y consciente, que esos placeres permisibles estaban nuevamente bajo la protección del Bien y del Poder Divino. Los protegía una moralidad total e intachable. Al mirarse a los ojos descubrieron en su interior una muerte honorable, estaban de nuevo a salvo tras las paredes de acero que nadie podría destruir, enfundados en la impenetrable coraza de la Belleza y la Verdad.

    Aquel era el rostro que presentaría a la muerte y era importante que no tuviera imperfecciones. Sus mejillas, recién afeitadas, irradiaban nuevamente el brillo de la juventud y parecían iluminar la opacidad del espejo. Sintió que había cierta elegancia en la asociación de la muerte con aquella cara sana y radiante. Sería su rostro de difunto. En realidad ya había dejado a medias de pertenecerle para convertirse en el busto de un soldado muerto.

    A título de experimento, cerró fuertemente los ojos y todo quedó envuelto en la oscuridad. Ya no era una criatura viviente. Al salir del baño, con un tenue reflejo azulado bajo la tersa piel de las mejillas, se sentó junto al brasero de carbón.

    Advirtió que, pese a hallarse ocupada, Reiko había encontrado el tiempo necesario para retocar su cara. Era imposible encontrar en ella el menor rastro de tristeza, y al observar aquella demostración de la personalidad apasionada de su mujer, el teniente pensó que había elegido la esposa que le correspondía.

    Tan pronto como hubo vaciado su taza de sake, se la ofreció a Reiko, quien nunca lo había probado. La joven bebió un sorbo, tímidamente. Reiko se acercó a su marido, y mientras él la abrazaba ella se sintió profundamente conmovida, como si la tristeza, la alegría y el poderoso sake se mezclaran dentro de ella. El teniente contemplo las facciones de su esposa.

    Lo estudió minuciosamente con los ojos de un viajero despidiéndose de espléndidos paisajes. Reiko tenía una cara de rasgos regulares, sin ser fríos, y de labios suaves. El teniente, que no se cansaba de contemplarla, la besó en la boca. Luego Shinji quiso subir al dormitorio, pero ella le suplicó que le diera tiempo a tomar su baño.

    El teniente subió, pues, solo, y se acostó con los brazos y las piernas abiertas en la habitación entibiada por la estufa de gas. Colocó las manos bajo la cabeza y observó las vigas del techo. Ambas cosas parecían sobreponerse, como si el objeto del deseo físico fuera la muerte propia. Un coche frenó y pudo escuchar el chirrido de las ruedas patinando sobre la nieve apilada en los bordes de la calle. La bocina repercutió en las paredes cercanas. Al percibir esos ruidos, Shinji pensó que aquella casa se levantaba como una isla solitaria en el océano de una sociedad ocupada incansablemente en los mismos asuntos de siempre.

    A su alrededor se extendía desordenadamente el país por el cual estaba sufriendo y a punto de dar la vida. No sabía ni le importaba si aquella gran nación reconocería su sacrificio. En su campo de batalla no existía la gloria. Era la trinchera del espíritu. Los pasos de Reiko resonaron en la escalera.

    Crujían los empinados escalones de la antigua morada y estos sonidos inundaron al teniente de gratos recuerdos. En cuantas ocasiones los había escuchado desde la cama.

    Al reflexionar en que ya no volvería a percibirlos, se concentró en ellos tratando de que cada rincón de aquel tiempo precioso se colmara con el ruido de las suaves pisadas de la vieja escalera.

    Tales instantes parecieron transformarse en joyas rutilantes de luz interior. Reiko tenia un fajín sobre el yukata y su rojo estaba atenuado por la media luz. El teniente quiso asirla y la mano de Reiko corrió en su ayuda. El fajín cayó al suelo. El hombre hundió las manos en las aberturas laterales bajo las mangas y la abrazó intensamente.

    El teniente atrajo a su mujer y la besó con vehemencia. Los lejanos dolores finales habían refinado su percepción amorosa. Ella había cerrado los ojos.

    Acariciaba la sedosa cabellera, palmeaba suavemente el bello rostro y besaba todos los puntos donde se detenía su mirada. La frente alta tenía una serena frescura, los ojos cerrados se orlaban de largas pestañas bajo las cejas finamente dibujadas y el brillo de los dientes se entreveía por los labios llenos y regulares El cuello enrojeció bajo los besos y volviendo suavemente a los labios de su amada, apoyó su boca sobre ellos con el fluctuante movimiento de un pequeño bote.

    La boca del teniente seguía fielmente el recorrido de sus ojos. Los pechos altos y turgentes, terminados como capullos de cerezo silvestre, se endurecían al contacto de sus labios. Los dedos delicados eran aquellos que habían sostenido el abanico durante la ceremonia nupcial. A medida que el teniente los besaba, se retraían como avergonzados. El hueco natural de esa curva entre el pecho y el estómago tenía en sus líneas no sólo la sugestión de la tersura, sino la fuerza de la elasticidad y anunciaba las ricas curvas que se extendían hasta las caderas.

    La riqueza y la blancura del vientre y las caderas eran como la leche contenida en un recipiente amplio. El hoyo sombreado del ombligo podía haber sido la huella de una gota de agua recién caída allí. Shinji no había escuchado nunca de labios de su mujer un ruego tan firme y definido. Era como si su modestia ya no podía ocultar algo que, ahora, se libraba de las trabas que la oprimían.

    El teniente se recostó sumisamente para someterse a los requerimientos de su mujer. Repentinamente inundada de ternura, con las mejillas encendidas por el vértigo de la emoción, Reiko abrazó la cabeza rapada del teniente y el pelo afeitado lastimó su pecho. Aflojando el abrazo, contempló luego el rostro varonil de su marido. Las cejas severas, los ojos cerrados, el espléndido puente de la nariz, los labios bien dibujados y firmes.

    Un olor dulce y melancólico se desprendía de las axilas profundamente sombreadas por la carne abundante del pecho y de los hombros. En cierto modo, la esencia de la muerte joven estaba contenida en aquella dulzura.

    Juntaron sus caras apasionadamente, restregando las mejillas. El cuerpo de Reiko temblaba. El teniente jadeaba como el portador de un estandarte Al terminarse su ciclo, surgía inmediatamente una nueva ola de placer y, juntos, sin muestras de fatiga, se elevaron nuevamente hasta la cima misma de un nuevo movimiento jadeante. Cuando Shinji se volvió finalmente no fue por cansancio. No quería agotar la considerable fuerza física que necesitaría para llevar a cabo el suicidio.

    Reiko, con su habitual complacencia, siguió el ejemplo de su marido. Los dos yacían desnudos, con los dedos entrelazados, mirando fijamente el oscuro cielo raso. La habitación estaba caldeada por la estufa y en la noche silenciosa no se escuchaba el trafico callejero. Ni siquiera llegaba hasta ellos el fragor de los trenes y autobuses de la estación Yotsuya, que se perdía en el parque densamente arbolado frente a la ancha carretera que bordea el Palacio Akasaka.

    Resultaba difícil pensar en la tensión existente en el barrio donde las dos facciones del Ejercito Imperial se preparaban para la lucha. Revivieron cada momento de la pasada experiencia, recordaron el gusto de los besos nunca agotados, el contacto de la piel desnuda, tanta embriagante felicidad. Pero ya entonces, el rostro de la muerte acechaba desde las vigas del techo.

    Ambos pensaron que, aun cuando vivieran hasta una edad avanzada, no volverían a disfrutar de un goce tan intenso. También se desprenderían sus dedos entrelazados. Hasta los dibujos de las oscuras vetas de la madera, desaparecerían pronto. Era posible detectar el avance de la muerte. En aquel momento ya no cabían dudas. Era menester tener el coraje necesario, salirle al encuentro y atraparla. Varias tareas los aguardaban. El teniente, que no había ayudado nunca a guardar las camas, empujó la puerta corrediza del armario, alzó el colchón y lo depositó dentro de él.

    Reiko apagó la estufa y la luz. En ausencia del teniente lo había aseado todo cuidadosamente, y ahora aquella habitación de ocho tatami presentaba la apariencia de una sala lista para recibir a importantes invitados. En su mente flotaba el recuerdo de los jóvenes oficiales que allí habían bebido y bromeado inocentemente. Nunca había imaginado, entonces, que en aquella habitación se abriría el estómago. El matrimonio se ocupó despacio y serenamente de sus respectivos preparativos en las dos habitaciones de la planta baja.

    El teniente fue primero al retrete, y luego, al baño a lavarse. Luego, tomó la caja que contenía los instrumentos para escribir, y comenzó a raspar la tableta para hacer tinta. Los dedos de Reiko apretaron fuertemente las frías letras doradas de la tableta y el agua del tintero se tiñó inmediatamente como si una oscura nube hubiera pasado sobre él.

    Todo aquello no era sino una solemne preparación para la muerte. La rutina doméstica o una forma de pasar el tiempo hasta que llegara el momento del enfrentamiento definitivo. Una inexplicable oscuridad brotaba del olor de la tinta al espesarse. El teniente salió del baño. Vestía el uniforme sobre la piel. Sin pronunciar una palabra, tomó asiento frente a la mesa y, empuñando el pincel, permaneció indeciso frente al papel que tenía delante.

    Reiko tomó un kimono de seda blanca y, a su vez, entró en el baño. Cuando reapareció en la habitación, ligeramente maquillada, la misiva ya estaba terminada. Las gruesas pinceladas solo decían:. El teniente observó en silencio los controlados movimientos con que los dedos de su mujer manejaban el pincel.

    Con sus respectivas esquelas en la mano -la espada del teniente ajustada sobre su costado y la pequeña daga de Reiko dentro de la faja de su kimono blanco-, ambos permanecieron frente al santuario, rezando en silencio.

    Luego, apagaron todas las luces de la planta baja. Mientras subían, el teniente volvió la cabeza y observó la llamativa silueta de su mujer que, toda vestida de blanco y los ojos bajos, iba tras él. Por un momento pensaron en descolgar el pergamino, pero como había sido escrito por su mediador el teniente general Ozzeki y consistía en dos caracteres chinos que significaban "Sinceridad", lo dejaron donde estaba. Pensaron que, aunque se manchara con sangre, el teniente general no se ofendería.

    Shinji tomó asiento de espaldas a la habitación y, muy erguido, colocó su espada frente a él. Reiko se sentó frente a él, a un tatami de distancia. Se miraron intensamente a los ojos a través de la distancia de un tatami que los separaba. La espada del teniente casi tocaba sus rodillas.

    Al verla, Reiko recordó la primera noche de casada, y se sintió abrumada de tristeza. Puede que sea desagradable. Por favor, no te asustes. La muerte es algo horrible de presenciar, en cualquier circunstancia.

    Al mirar la figura esbelta de su mujer, el teniente experimentó una extraña excitación. Estaba por llevar a cabo un acto que requería toda su capacidad de soldado, algo que exigía una resolución similar al coraje que se necesita para entrar en combate. Sería una muerte no menos importante ni de menor calidad que si hubiera muerto en el frente de batalla.

    Por unos instantes el pensamiento llevó al teniente a elaborar una rara fantasía. Una muerte solitaria en el campo de lucha, una muerte frente a los ojos de su hermosa esposa Una dulzura sin límites lo invadió al experimentar la sensación de que iba a morir en aquellas dos dimensiones, conjugando la imposible unión de ambas.

    El teniente creyó ver en su radiante esposa, ataviada como una novia, el compendio de todo lo amado por lo cual iba, ahora, a entregar la vida. La Casa Imperial, la Nación, la bandera del Ejército. Todas ellas eran presencias que, como su esposa, lo observaban atentamente con ojos transparentes y firmes. El uniforme siempre le sentaba bien, pero ahora, mientras se enfrentaba a la muerte con cejas severas y labios firmemente apretados, irradiaba lo que podría llamarse una esplendorosa belleza varonil.

    Reiko dobló su cuerpo hasta el suelo en una profunda reverencia. No podía alzar el rostro. Apoyando la espada en el tatami que tenía frente a él, el teniente se alzó sobre las rodillas, se sentó nuevamente con las piernas cruzadas y desabrochó el cuello del uniforme. Sus ojos no verían ya a su mujer.

    Lentamente, se desprendió uno por uno los botones chatos de metal. Observó primero su pecho oscuro y, luego, su estómago. Desató el cinturón y se desabrochó los pantalones. Luego empuñó la espada con la venda blanca en su filo, mientras que, con la mano izquierda, masajeaba su abdomen. Conservaba la mirada baja. Para verificar el filo, el teniente abrió la parte izquierda del pantalón, dejando parte del muslo a la vista, y deslizó el filo sobre la piel.

    La sangre brotó inmediatamente de la herida y varias gotas brillaron a la luz. Era la primera vez que Reiko veía la sangre de su marido y experimentó violentas palpitaciones en el pecho.

    Observó el rostro del teniente y vio que estudiaba con calma su propia sangre. Pese a que aquel era un consuelo superficial, Reiko sintió cierto alivio. Los ojos del hombre se fijaron en ella con una mirada penetrante como la de un halcón. La excesiva tensión que presentaba la tela del uniforme, indicaba a las claras que estaba reuniendo todas sus fuerzas.

    Se proponía asestar un profundo golpe en la parte izquierda del estómago y su grito agudo traspasó el silencio de la habitación. Pese al esfuerzo, el teniente tuvo la sensación de que era otro quien había golpeado su estómago como con una gruesa barra de hierro.

    Los doce o quince centímetros de punta desnuda habían desaparecido completamente en su carne, y el vendaje blanco, fuertemente sujeto por su puño cerrado, le presionaba directamente el estómago. Pensó que el filo debía haber atravesado las paredes del abdomen. Su respiración era dificultosa, el pecho le palpitaba violentamente y en alguna zona remota, aparentemente desligada de su persona, un dolor terrible e insoportable se alzaba en forma avasalladora como si la tierra se abriera para vomitar un cauce de rocas hirvientes.

    El dolor se acercó, de pronto, a una velocidad vertiginosa. El teniente se mordió el labio inferior y sofocó un lamento instintivo. Experimentaba una sensación de caos total, como si el cielo se hubiera desplomado sobre él y todo el universo girara como bajo el efecto de una enorme borrachera.

    Su fuerza de voluntad y coraje, que tan fuertes se manifestaran antes de la incisión, se habían reducido, ahora, a una fibra de acero del grosor de un cabello. Lo asaltó la incómoda sensación de que tendría que avanzar asido a esa fibra con toda su desesperación. Algo humedecía su puño y, bajando la mirada, vio que, tanto su mano como el paño que envolvía la hoja, estaban empapados en sangre.

    También su taparrabos estaba teñido de un rojo intenso. Le pareció increíble que en medio de aquella agonía, las cosas visibles pudieran ser todavía vistas y las cosas existentes, existir. Reiko luchó por no correr al lado de su esposo al observar la mortal palidez que invadía sus rasgos después de clavarse la espada. Sucediera lo que sucediera, su misión era la de observar. Tal era la obligación contraída con el hombre amado. Frente a ella, a un tatami de distancia, podía ver cómo su marido se mordía los labios para ahogar el dolor.

    La transpiración brillaba en su frente. Shinji cerró los ojos para abrirlos luego, nuevamente, como quien hace un experimento. Su mirada había perdido todo brillo y los suyos parecían los ojos inocentes y vacíos de un animalito.

    La agonía que se desarrollaba frente a Reiko la quemaba como un implacable sol de verano, pero era algo totalmente alejado de la pena que parecía estar partiéndola en dos. El dolor crecía con regularidad. Reiko sentía que su marido se había convertido en un ser de un mundo aparte, en un hombre íntegramente disuelto en el dolor, en un prisionero en una jaula de sufrimiento, y mientras pensaba, comenzó a sentir como si alguien hubiera levantado una cruel muralla de cristal entre ellos.

    Desde su matrimonio, la existencia de su marido se había convertido en la suya propia, y cada respiración de Shinji parecía pertenecer a Reiko.

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